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ENOJO Buen chico vs Mal chico

Cualquiera puede enojarse… es algo muy sencillo, 

Pero enojarse con la persona adecuada, 

En el grado exacto, en el momento oportuno, 

Con el propósito justo y del modo correcto, 

No resulta tan sencillo. 

Sócrates 

Nos toca hablar del manejo adecuado del enojo. Para ello, tenemos que dar un marco general introductorio de lo que son las emociones. El cerebro usa las emociones para darle “color” a las experiencias que vivimos y hacerlas memorables. Recordamos principalmente aquellas vivencias que evocan alguna emoción, y tendemos a olvidar fácilmente aquellas que no nos provocan emoción alguna. La próxima vez que no puedas recordar a alguien por más que te esfuerces significa que no te provocó emoción alguna, ni positiva, ni negativa.

Surge entonces la pregunta ¿por qué necesitamos recordar una experiencia y usamos las emociones para ello? La respuesta está en la forma como funciona nuestro cerebro. El cerebro, como buen organismo cuya función principal es la conservación, necesita recordar cuando ante una situación nos es conveniente acercarnos, relajarnos, confiar e incluso arriesgarnos, y también cuando ante la misma, es mejor estar cautos, tomar distancia, correr o incluso pelear. La forma como honramos lo que aprendimos y sabemos qué hacer con base en nuestras experiencias pasadas, es a través de evocar nuestras emociones.

El mecanismo ocurre en nuestro cerebro, quien, al estar frente a algún estímulo, lo compara con lo que tiene archivado en las celdas de memoria. Si asociado al estímulo del exterior hay en la memoria una emoción placentera, como el amor, la alegría o la tranquilidad, éstas se evocan inmediatamente, indicándonos que es seguro acercarnos, abrirnos a la experiencia e incluso buscar más de la misma.  Nuestra experiencia nos dice que vamos a crecer, a expandirnos, a sentirnos amados, especiales, seguros, etc. Por el contrario, si asociado al estímulo hay en la memoria una emoción displacentera o de alerta, como la tristeza, el miedo o el enojo, éstas también se evocan inmediatamente, indicándonos que necesitamos poner un límite, defendernos, tomar distancia, atacar o huir.

El proceso es sumamente rápido y la mayoría de las veces lo vivimos de forma inconsciente. El cerebro, en cuanto evoca una emoción, vierte en el torrente sanguíneo sustancias llamadas neuropéptidos. Todas las células del cuerpo tienen receptores para estos neuroquímicos y, una vez desencadenada la reacción, sentiremos de nuevo, con fuerza, la emoción asociada a la experiencia pasada, lo cual nos movilizará en la dirección que aprendimos tiempo atrás, que es la adecuada a seguir.

Cada emoción tiene una función. El enojo en particular es una emoción que sirve para hacer una defensa frontal: nos permite poner un alto, establecer un límite.

El enojo nos permite expresar fuerza, poder y nos hace ser creíbles como autoridad. Es una emoción que responde mucho al antiguo instinto de huir o atacar, es muy adrenalínico. Pero ¿cuánto enojo se necesita o es necesario desplegar? esto depende de cada situación, ya que el enojo -al igual que las demás emociones- tiene toda una gama; desde manifestar una ligera molestia, hasta desplegar toda nuestra ira.

Llamaremos Asertividad (del inglés assert que significa dar en el blanco) a la capacidad de saber desplegar la cantidad de enojo necesaria y, acorde a cada situación. Es una habilidad súper importante para poder tener relaciones interpersonales funcionales y sanas.

El reto radica entonces en evaluar la situación en cuestión y poder elegir cuánto enojo es necesario desplegar. Si una situación no requiere de tanto enojo y yo desplegó toda mi ira, voy a tener un resultado muy agresivo en la otra persona, voy a lastimar, voy a romper la relación (no era necesaria tanta rudeza). Pero al revés, si pongo poco enojo en una situación que requiere de más enojo, voy a ser completamente pasivo. Mi enojo no me va a defender, no voy a ser creíble y van a pasar por encima de mí (como cuando Simba en la película El Rey León de los estudios Walt Disney, intenta defender a Nala del ataque de las hienas con un rugido agudo, el cual solo les da risa a sus depredadores).

Es necesario aprender a calibrar nuestro enojo y, para ello, necesitamos conocerlo, entender cómo lo desplegamos y hacernos amigos de él. Solamente así, aprenderemos a manifestar la cantidad de enojo que necesitamos en una situación en particular. Vayamos entonces a conocer y aprender a dirigir a nuestro “Hulk” interior.

Cada uno de nosotros tiene una relación única y peculiar con su enojo. Esta relación la aprendemos con base en nuestra historia ¿Era el enojo algo permitido o prohibido en el ambiente familiar? ¿Todos tenían derecho a manifestar enojo o solo algunos? ¿Hubo un manejo adecuado del enojo o solo había sus extremos (violencia y pasividad)? ¿Cómo conocimos lo que era enojarse y qué aprendimos de ello?

En sesiones de Coaching, cuando trabajo con alguien que busca desarrollar su asertividad; es decir, su capacidad para contactar y expresar de formas sanas una mayor gama de matices del enojo acorde con el contexto en el que interactúa, siempre le hago este tipo de preguntas. Suena a un trabajo engorroso y en realidad al principio sí lo es, pero para que tu historia no sea quien te determine es necesario que la conozcas. Un ejercicio interesante para este punto es que escribas la historia de “Tu Enojo” como si se tratase de un personaje ¿Cómo entraste en contacto con “Tu Enojo”? ¿Cómo lo has manifestado en las diferentes etapas de tu vida? ¿Dónde se encuentra hoy? ¿Cómo es tu relación con él?

Aparte de analizar tu historia es importante que aprendas a reconocer los síntomas que te indican que te estás enojando. Nuestra meta es cachar al enojo cuando es apenas una molestia, es decir cuando está en gestación. Entre más rápido caches la presencia del enojo, tendrás una mayor ventana de tiempo para evaluar y decidir qué quieres hacer con él.

¿Cuáles son los primeros síntomas?

Tensas la quijada.
Se te enrojece el cuello.
Sientes que te hierve algo en la boca del estómago.
Aprietas los puños.
Levantas la ceja.
¿Qué pensamientos comienzan a pasar por tu mente?

Insultas en tu interior a la persona o la minimizas.
Creas todo tipo de juicios e imaginas cómo castigarás al culpable.
Evocas recuerdos a situaciones similares.
Visualizas cómo humillas y derrotas al otro.
El mapear nuestra propia ruta de manifestación de enojo es muy revelador. Hay quien come enojo y cuando está enojado no dice nada, literal se lo traga. Hay quien al querer expresar enojo expresa tristeza y llora, lo cual no le ayuda para nada a poner límites o defenderse. Hay quien quiere poner un límite y se te va a la yugular, no quería lastimarte, pero te hizo pedazos y ahora no sabe cómo reparar el daño. Esta lista la podemos continuar hasta el infinito.

La única forma de hacer algo diferente a lo aprendido, es meter freno a lo que nos sale de forma automática y, con mucha fuerza de voluntad, en vez de reaccionar, responder. Dice Bob Proctor, un reconocido escritor y ponente del movimiento del potencial humano:

“Cuando reaccionas abandonas tu poder.

Cuando respondes te mantienes en control de ti mismo”

La gran pregunta es ¿Vas a seguir reaccionando y expresando de forma inconsciente tu enojo, acorde a lo que aprendiste en tu historia? o ¿Vas a hacer un esfuerzo por responder y expresarlo de forma consciente?

En caso de que elijas trabajar en él, recuerda que vas a ir por una curva de aprendizaje y que, en definitiva, no te va a salir bien a la primera. Yo, en lo personal, recomiendo muchas veces a la gente interesada en trabajar con su enojo, que se ponga literalmente un letrero diciendo “asertivo en entrenamiento”, previniendo así a los demás sobre posibles respuestas emocionales de enojo que no correspondan al estímulo.

Ensaya con una gama de situaciones haciendo simulacros frente a un espejo o haz simulaciones o role-plays con alguien que te ayude actuando como tu contraparte (actuando como si fuese la persona con la que estás enojado). Esto puede llegar a ser divertido y sobre todo liberador.

En el caso de que seas de las personas que son “de mecha corta”, y el enojo para ti digamos que fluye abundantemente y en muy poco tiempo (eso por decir lo menos), será necesario que antes de expresárselo a alguien te atemperes. Es decir, que busques un lugar “seguro” para hacer catarsis donde deposites el exceso de enojo, literal, donde lo vomites, sin lastimarte o lastimar a alguien más.

Pégale a una almohada o cojín, estrangula una toalla, escribe una carta de desahogo, léela y luego destrúyela, grita en el coche con los vidrios cerrados cuanto improperio quieras o salte a correr hasta quedar exhausto. Lo importante es drenar el exceso de enojo para poder expresar sólo lo que necesitas en cada situación.

Lo importante al final es que nosotros dirijamos a nuestro enojo y no que éste nos secuestre y nos lleve a consecuencias terribles, o que no lo podamos convocar y quedemos indefensos y vulnerables ante los demás.

Aún hay mucho más que explorar en el fondo del estanque, cómplice de camino. Hasta la próxima.

Héctor Cerbón

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